Leandro Iribarne 2026-02-17T20:15:00.000ZA pesar del sol
En una nueva crónica, Leandro Iribarne nos muestra el retrato de Daniel Cathcarth, una persona marcada por su vocación veterinaria, la entrega silenciosa y la lucha cotidiana contra el cáncer, cuya historia revela cómo el compromiso con los animales y con los demás se transforma en una forma de resistencia y de amor por la vida.

Le escribí por Flora. Tiene catorce años y una tos que aparece a veces. Un modo animal de obligarte a escuchar aún cuando todo parece en orden.
Le pregunté si podía venir a verla.
Contestó más tarde. Dijo que ese día no iba a poder hacer visitas. Que había estado en cama. Se disculpó. Como si hiciera falta. Me dijo que, si para el fin de semana no conseguía a nadie, le avisara.
Le conté de las crónicas. Le dije que quería entrevistarlo. Que no había apuro, si tenía ganas, si estaba con ánimo, si podía hacerse un rato.
Respondió enseguida.
Dijo que sí. Que le encantaría. Volvió a disculparse por no poder venir a ver a la gata.
Nos encontramos a la una de la tarde.
Es la hora en la que la veterinaria cierra, aunque no del todo. Vive ahí. Siempre puede sonar el teléfono. Siempre puede golpear alguien. Siempre hay una urgencia posible.
La veterinaria funciona en lo que supongo fue, alguna vez, un garaje. Se entra por una reja que se abre y deja un camino angosto, pensado para que pase un auto. Primero el mostrador. Después, detrás, un escritorio. Al fondo, el quirófano. Una mesa. Luces. Lo imprescindible.
Nos sentamos frente a frente, separados por un escritorio cargado de papeles. En la pared, el escudo de San Lorenzo. Algunas fotos. En una, una cena con otros veterinarios del pueblo. En otra, la familia. También una caricatura estilo Pixar, hecha como homenaje. Todo colgado sin jerarquía.
No hubo interrupciones en toda la entrevista. Nadie golpeó la reja. El teléfono no sonó.
Ese silencio suspendido, parecía un pequeño regalo.
Su voz llega como desde el fondo, baja, un poco quebrada. Casi afónica. Habla despacio, estirando la última vocal. Cada frase se desvanece mientras busca su propio suelo.
Con gestos ausentes, la energía, toda, corre por debajo: en el hacer, en la constancia. Sin desbordes. Aunque el cuerpo imponga límites.
Lanús. Dice que le gustaba el fútbol. Mucho. Que quería jugar. Que se fue a probar. Que podría haber quedado, como podría decir para hoy dan lluvia.
Cuenta que uno de los días que le tocaba ir no pudo. No explica por qué. No parece importante.
Dice que esas cosas son así. Que cuando te toca, te toca.
Lanús queda ahí, suspendido en la penumbra. Como una puerta que se abrió lo justo para mostrar que había otra vida posible y se cerró sin ruido. El no se frena en el umbral.
Lo cuenta y sigue.
El campo lo fue llamando, en una deriva lenta, como buscando un cauce, en un desplazamiento sin nombre.
Siempre le gustaron los animales. Estar afuera. Andar. Moverse. Por eso eligió el agropecuario en la secundaria. Quizás algo en él ya elegía el campo antes de que lo supiera.
Lo recuerda por lo que se hacía ahí: animales, tareas, rutinas.
“Eso era ir de un lado al otro, trabajar con animales grandes, con pequeños, y me dije: eso es lo que yo quiero, no me gusta la monotonía.”
Aprender mirando.
Aprender haciendo.
Aprender cuando ya es tarde para corregir.
“Son profesiones difíciles… que se ven en el hacer, digamos, en el rodaje, de ir y venir y estar con los animales.”
En algún momento dice que no era bueno con la pala. Casi un alivio, estudiar fue una forma de correrse de un destino demasiado físico, sin dejar de ensuciarse las manos. Cambiarlo por otro tipo de desgaste.
“Entonces, yo trabajaba de chico en las vacaciones de albañil y lo sufría. Sufría estar al sol, agarrar una pala, por eso entiendo a la gente, los que laburan, laburan realmente.”
Esa constancia que ordena lo demás Estar. Seguir. Nunca irse.
Del campo en vez de una postal en su relato, se dibuja una escuela muda. Un lugar donde el cuerpo aprende antes que el lenguaje.
“En el campo me enseñó mucha gente también. La gente te va diciendo cómo hacer, no la parte de medicina, la práctica, el agarrar un animal."
Cuando empezó a estudiar veterinaria, algo encajó. Quizás ya venía caminando por ese lado, aunque no lo hubiera nombrado.
"Era muy observador y había gente que me contestaba muy bien y ayudaban mucho.”
La primera operación.
"...una de las primeras castraciones, me acuerdo que las hacía a domicilio, fue una pequinés, estuve 4 horas y media, cinco para operar, una castración que hoy la hacemos en 15 minutos.”
Hoy lo dice casi riéndose, pero en ese momento no había gracia posible.
La mano duda, el miedo de no saber qué venía después. No recuerda los pensamientos, solo el tiempo impasable. El cansancio que no se podía interrumpir.
“Me acuerdo de la primera cesárea en una vaca... que también le erré en la incisión, la hice un poquito más arriba y me costó sacar un ternero de 50 kg.”
Un cuerpo enorme, abierto, que no entra en ninguna lógica aprendida. Cincuenta kilos. Solo.
En una pausa, mirando al vacío, concluye en una sonrisa: capaz que no soy tan malo.
El límite no es una idea, es tan concreto como que la corporalidad del otro no admite ensayo, que cuando no hay nadie más, quedarse es la única forma de aprender.
Esa, su ética, trabajando en silencio.
“Esto no lo tomo como trabajo, la verdad. Lo mío era mucha vocación y a veces solo pensaba en el animal”
Se levanta y va.
Llueva.
Haga frío.
Esté cansado.
Va.
Cuando está con los animales, el resto se borra.
Hay jornadas en las que recién se da cuenta de que no comió cuando ya es tarde. Se muestra casi ajeno, él es un dato secundario mientras otro reclama atención.
Esa palabra vuelve.
Siempre solo.
Me las rebusqué solo.
Todo solo.
Esa soledad se figura condición técnica del oficio. Sin alguien con quién repartir decisiones. Nadie a quién pasarle el peso cuando algo sale mal.
La veterinaria además de ser un espacio laboral funciona como una extensión. Vivir donde se trabaja. Trabajar donde se vive. Incansable antesala de la urgencia. Estar siempre disponible, incluso cuando el organismo pide otra cosa.
Esa misma soledad, que durante años fue herramienta, empieza a tener otro espesor. Fondo constante.
Habla de cobrar según la persona sin énfasis. La atención va a ser la misma para el que puede pagar y para el que no.
“...si venía el animal y estaba enfermo, yo no preguntaba si tenía para pagar. Se lo atendía primero, después si venían a pagar y muchos lo pagan en dos, tres cuotas.”
No puede ver un animal ahí, desangrándose, y no hacer nada.
El dinero queda desplazado. Primero el animal. Después se verá.
Sin deudas. Sin memoria del favor.
Ausencia total de enojo.
Traigo a la conversación una anécdota ajena, casi como contraste. Le cuento de un hospital en Estados Unidos, donde si alguien llega a una guardia sin seguro lo retiran y lo dejan a una cuadra, incluso si está grave. Una imagen lejana.
Escucha.
Asiente.
Daniel parece vivir dentro de un solo camino.
Antes de que la enfermedad entre en la conversación, hay un territorio que Daniel nombra.
Lo hace con la misma voz baja, para hablar de su madre, soltera. El costo de transitar esa infancia.
Nombra a Patricia.
Su casa. Su pilar.
Hace casi treinta y nueve años que están juntos. Se conocieron a fines de los ochenta. Fueron novios muchos años. Se casaron en Monte. En la parroquia. Un cura amigo ofició la ceremonia. Después vinieron los hijos.
Primero ella.
Después él.
Hoy están grandes. Estudian. Hacen lo que les gusta. Lo dice sin apropiarse de eso.
Los chicos siguen viajando con ellos. Preparan la valija. Acomodan fechas de la facultad. Preguntan a dónde van.
Pensó que a los dieciocho iba a ser la última vez.
Pasaron los años.
Y siguen yendo.
Eso —dice— reconforta. Un descanso que no necesita explicarse.
Habla de esos viajes. De la lectura. De las librerías como primera parada.
Naturaleza.
Uno de los hijos escribe. Publicó un libro. Lee mucho.
Luego respira, y retoma el hilo anterior. Como siempre.
“me enfermé en 2019 y la parte de campo ya la fui dejando”
Habla de la enfermedad cual presencia con la que convive. La conversa. Usa ese verbo. Conversar. Como si hubiera algo negociable ahí.
“Con las pastillas que estoy tomando, hay 15 días que el cuerpo cambia mucho, son muy fuertes. Hay un momento que no tenés ganas de hablar mucho. Eso de estar aislado, solo y es lo que más me cuesta"
Cuenta que hay días en los que las pastillas lo bajan. Que le sacan energía. Que el tiempo se vuelve lento, espeso.
Pero la enfermedad no lo vuelve introspectivo. Sigue hablando de trabajo, de animales, de rutinas. Ahora el cuerpo propio, es un animal más al que hay que observar sin apurarse.
"Cáncer en todos lados, pero lo tengo desparramado y sigo andando.”
Usa esa palabra. Desparramado. No la corrige.
Sigue andando.
"Le agradezco a la profesión. Si yo hubiese tenido otra profesión donde vos trabajás de 8 a 2 de la tarde y te agarra esta enfermedad y capaz ya me hubiese matado.”
No expresa miedo en su tono, ni negación.
"Por cuestión de enfermedad tuve que ir dejando cosas. Eso lo extraño horrores, andar. A veces estando en la veterinaria digo, 'Pueda ser que no venga nadie.' Y después pienso, 'No, pará, si yo vengo a esto.”
Cuando acusa recibo. No se extiende. No describe. La noche queda señalada, como un borde.
Lo atraviesa.
Y obliga a escuchar.
"Yo lo que quiero es que me dejen andar, mientras no tenga dolores yo ando, no me importa. Ahora estoy más agradecido... siempre fui agradecido con la vida, y más hoy, es mi vida."
El reconocimiento lo sorprendió ya entrado el camino. Un mural en el pueblo, pintado por Gabriel Farías. Su figura, ampliada y colorida, mirando desde una pared. Gente que lo paraba en la calle para darle las gracias. Un homenaje en el Concejo Deliberante. Él asiente, incómodo, como si hablaran de otro.
Habla de los treinta años casi al pasar. Una cifra redonda que alguien más decidió subrayar. Luján Lorenzo le avisó que tenía un regalo. Le dicen que pase por la casa de Rocío Goñi.
Y ahí lo ve.
Dice que es hermoso. Repite la palabra. Hermoso.
El mapa completo.
La posibilidad de seguir andando, un poco más liviano, sabiendo que lo que hace sin pedir nada, deja una marca visible.
Después vuelve al trabajo.
Como siempre.
Su ética constante tejió la trama de reciprocidad silenciosa. Y cuando él la necesitó, esa red se hizo cuerpo en la gente que estuvo ahí para devolverle, con gestos concretos, la misma disponibilidad que nunca midió.
Es la estación final de este garaje convertido en mundo.
La reja al cerrarse, deja, otra vez, el mundo dividido en dos: el de adentro, donde el teléfono puede sonar en cualquier momento, y el de afuera, donde la tarde sigue su curso.
“Si necesitás algo, avisá.”