Leandro Iribarne 2026-06-17T13:04:00.000ZEl loco Murdock: Fierros, mates y filosofía de pueblo
Hay talleres donde se arreglan autos y talleres donde también se reparan fragmentos de la vida cotidiana. Entre mates, motores y conversaciones que se extienden más allá de cualquier diagnóstico mecánico; Leandro Iribarne reconstruye la historia de Javier Blanco quien convirtió su taller en un refugio de encuentros, memorias y relatos compartidos.

Se dice que el taller de Murdock es el lugar donde tomar los mejores mates del pueblo.
Cada mañana, antes de que el sol caliente el asfalto, las puertas de chapa crujen al deslizarse y adentro emana el aceite y la yerba seca. Murdock llega con las manos manchadas de memoria y de trabajo.
Se cubre de herramientas: llaves, destornilladores, un par de mates.
“Trato de abrir temprano… ocho, ocho y media” con el viejo torno retiene la última luz de la tarde, y las conversaciones giran en torno al embrague, al freno y al dolor de un punto de distribución que no afloja. “Lo más común es tapa de cilindro… hoy los hacen de aluminio y se pican rápido”
El que entra no siempre trae un problema con el auto, a veces necesita decir algo, quedarse un rato, preguntar por nadie en especial.
“Esto es como una peluquería, como un remis. Se conversa mucho. Y la gente se suelta. Se comparten cosas que van más allá del taller.”
Afuera, la ruta vomita vértigo, camiones de paso, motos, el ritmo incesante del mundo. Adentro, en cambio, el tiempo se curva.
Cuando tenía diez años, el pibe que barría las manchas de aceite en un taller de Villa Cañás ya soñaba con motores: “Un día me tomaron con la idea de cansarme… y ahí estuve tres años”
La insistencia adolescente lo llevó primero a limpiar, luego a quitar tuercas y al fin a descubrir, en cada pistón, un universo de engranajes.
Murdock no estudió para ser mecánico. Aprendió a punta de insistencia.
“Yo había tocado el cielo con las manos. Limpiaba, barría, cebaba mate. Y cada vez lo hacía con más ganas. Para mí, estar ahí adentro era una fiesta.”
Pasó por Las Flores, Tres Arroyos, Cañuelas, Lobos. Hasta que Monte lo abrazó con su calma de pueblo quieto y lo dejó echar raíces. “Me hice acá”, dice, afirmando una pertenencia que costó.
Arreglando una tapa de cilindro que se rompen, dice, como si fueran de vidrio, se frena a mirar el gesto de quien lo observa. “Hay gente que mientras le arreglás el auto le pasa el trapo, y sé que en su casa es igual. El auto habla de la gente.”
El taller tiene su historia. Antes de él estuvo otro hombre, ya mayor, con herramientas antiguas y una máquina de agujerear que todavía funciona.
El apodo le quedó de chico, cuando entró como cadete al cuartel de bomberos.
“El loco Murdock”, y lo escribió en un cartel para hacerlo suyo. Él encarna ese personaje. “Era bastante chapita”, admite. Y justo estaba de moda Brigada A. Uno de los más grandes, su amigo hasta hoy, lo bautizó Murdock. El Loco Murdock. Él no protestó:
“Me motivó. Me hizo sentir que representaba algo. Hice cosas hasta a propósito para parecer loco. Me ayudó a formarme. Me hice cargo de ese personaje.”
Hubo una madrugada en que le rompieron una ventana y le robaron la caja de herramientas.
“Me hice policía por diez días. Yo andaba en el patrullero con ellos. Les decía a dónde ir. Y lo encontré. Porque mis cosas son mías. Y yo no me crié conforme.”
Buscó pistas hasta dar en González Catán mascando bronca, el taller arruinado, la rabia de sentirse desprotegido, y a la vez la convicción de que nada ni nadie podía arrancarle su pasión.
“La gran mayoría te cuenta algo y vos ponés el oído”, dice sin ironías. Es su manera de vivir el oficio, aprender de cada historia ajena, hallar en ella un eco para las máquinas y para el alma. Por eso, cuando habla del taller, no piensa en dinero ni en facturas: “No aprendí a cobrar el laburo como un laburo… lo desarrollé como una forma de vida”
La tecnología avanzó y hoy los autos traen computadora y escáner; hace veinte años eran pura grasa y llave fija. Murdock admite que no siguió ese ritmo: “Me quedé en la época mía, porque me gusta más el fierro clásico”
Resistencia, sana y entrañable, que lo hace sentir parte de algo auténtico, un puente entre generaciones.
Y los chicos no vienen a pedir trabajo como antes. “Los pibes de hoy tienen otra cabeza. Yo tenía terror de que me sacaran el laburo. Ellos tienen otros recursos.”
Murdock no se queja. Se adapta hasta donde puede. Y cuando no, llama al primo que sabe más, pregunta, busca, insiste.
“Por suerte tengo recursos. Siempre encontré una forma de solucionar las cosas. Aunque alguna vez haya metido la pata... como todos.”
Al final de cada día, cuando el último mate se enfría y el banco de trabajo se queda en silencio, Murdock mira el reloj: pasa de las ocho. En su taller, cada mate, cada auto y cada anécdota se convierten en un retrato de Monte, así simple, sincero y eterno.
Él solo espera que, dentro de muchos años, lo recuerden “Como el Loco Murdock. No solo por el taller. Por lo que fui como tipo. Con defectos y todo. Porque los defectos también ayudan a mejorar.”
Y al final, sin que nadie le pregunte, dice algo más. Una de esas verdades que flotan en el aire, entre el humo y el gasoil:
“Lo mejor que nos puede haber pasado es la vida. Porque de ahí en más, todo lo demás lo construís o lo destruís vos. Lo loco es que estemos vivos, y que a veces no sepamos disfrutarlo.”
El taller no es solo un lugar donde se arreglan autos. Es una estación donde los días de Monte hacen escala. Un lugar donde se piensa en voz alta, se curan fierros, se remiendan silencios. Y donde, entre mates, risas y válvulas, el loco Murdock sigue aprendiendo a vivir.