Leandro Iribarne 2026-07-07T12:09:00.000Z

Otra parte

Un grupo se reúne en Taita y Tindú para hablar de la muerte. Liza Brodsky, antropóloga y doula de muerte, guía los encuentros inspirados en el death café europeo. Duelos, despedidas y fin de vida ocupan la mesa, sin protocolo ni verdad oficial. Por Leandro Iribarne

Otra parte

"Los muertos no se quedan donde uno los entierra.”

John Berger

Afuera sigue Monte. Sus perros, su campanario, esa tarde de pueblo que podría ser cualquiera. Adentro, en Taita y Tindú, lugar de reunión para un grupo de personas que se juntan a hablar de algo que casi nadie quiere nombrar.

La mesa tiene algo de sobremesa y algo de confesión.

Una mujer cuenta la muerte de su padre. Otra habla de un perro que todavía extraña, años después. Aparecen historias de suicidios, enfermedades, despedidas repentinas, duelos que nunca encontraron el momento exacto para suceder. A veces se habla de funerales. Otras de lo difícil qué es nombrar, esas pequeñas muertes que ocurren mientras seguimos vivos.

La que escucha es antropóloga y doula de muerte. Se llama Liza Brodsky y sostiene, además, un espacio terapéutico al que llama Lizarte Terapia. La conversación con ella fue por videollamada. Monte de un lado, su lugar del otro.

Sin interrupciones. Toma mate. Espera.

Hubo un año que lo cambió todo.

2022. Su madre. Su padre.

"El año que me toca acompañarlos en su fin de vida", dice, y la frase lleva dentro el peso específico de cosas que no se pueden resumir. Hay años que no duran lo que dice el calendario. Suceden por fuera del tiempo.

Estudió antropología porque quería entender cómo las distintas culturas se acercan a lo que todas evitan por igual. Pero entender desde los libros y entender desde la mano de alguien que se enfría son dos conocimientos distintos. Uno vive en la cabeza. El otro se instala en algún lugar entre el esternón y la garganta y no se mueve más.

Después de 2022 sintió "el llamado".

Formarse como doula de muerte.

La palabra todavía suena rara para quienes la escuchan por primera vez. Doula se conoce como la persona que acompaña partos, nacimientos. Pero también existen las doulas del otro umbral. Las que acompañan la salida. En esta cultura, dice, eso tiene un problema de prensa.

La idea de los encuentros llegó de otra parte. En algún lugar de Europa, quizás Suecia, Suiza, ella no recuerda bien, surgió el formato del death café. Personas que se juntan a tomar algo y a hablar de sus muertos sin protocolo, sin terapeuta, sin verdad oficial.

Juli le abrió la posibilidad. Y así arrancaron, una vez por mes, en Monte.

Pensó que no iba a ir nadie.

Fue el más multitudinario de todos.

"La temática de la muerte no es convocante", dice. Y tiene razón, en teoría. Hay mucho miedo, hay mucho rechazo, algo en la palabra que empuja hacia atrás. Y tambien algo más profundo, más físico, que tira para adelante. Quizás la muerte espante en el discurso y convoque en el cuerpo. Porque todos cargamos algún muerto.

No siempre bajo tierra.

A veces escondido en una foto. En una receta. En una canción. En una frase que seguimos repitiendo sin saber bien de quién la aprendimos.

Los encuentros revelaban algo que al principio sorprendía.

Personas con ideas políticas opuestas, religiones distintas, experiencias que no se tocaban en casi ningún punto, podían estar horas sin ponerse de acuerdo en nada. El mundo, Dios, el dinero, la justicia. Y sin embargo siempre llegaban a un territorio común.

"Lo que nos une más allá de nuestras creencias es que todos nos vamos a morir."

Hay una democracia extraña en eso. Una igualdad que no depende del dinero ni del prestigio ni de los títulos. Nadie puede hablar de la muerte con superioridad. Todos somos principiantes. Todos estamos aprendiendo. Y todos, tarde o temprano, tendremos que soltar la mano de alguien o aceptar que alguien suelte la nuestra.

La conversación se vuelve honesta de una manera que casi no tiene otro ejemplo.

Se hablaba de suicidios. De entierros. De cómo querer ser despedido. De voluntades anticipadas. De la vejez como una forma de duelo lento. De las muertes identitarias, de la persona que uno era antes de una enfermedad, antes de una separación, antes de que algo terminara sin aviso.

Ella a veces llevaba textos. Un documental. Un disparador. Pero la regla era no imponer una verdad porque, dice, "no la hay". Lo que se buscaba era el espacio. La posibilidad de decir en voz alta lo que en otro lado no encuentra lugar.
Los nacimientos se celebran en comunidad. Las fiestas también. Las tragedias, cada vez más, se atraviesan en privado. Con una pantalla encendida y una ventana cerrada.

Hay dolores que sólo encuentran forma cuando alguien los escucha.

Lo que no se resuelve en comunidad se institucionaliza. La muerte dejó de ser un acontecimiento íntimo para convertirse en una forma de administración. Hospital, firma, protocolo, cama, firma otra vez. "Desde la medicina hegemónica, la muerte es un fracaso."

Acompañar el umbral le enseñó que el silencio también es una forma de presencia.

Hay quienes no quieren morir en soledad. Que necesitan una mano. Hay personas que eligen morir solas y eso también tiene que ser respetado. A veces simplemente se está. Sin decir nada que sirva, porque nada sirve para eso.

"Uno de los grandes aprendizajes fue reconocerme privilegiada de poder acompañar ese umbral."

Dice que ahí se siente paz. Incluso más allá del dolor. Qué también puede ser celebrado. Ser testigo de que ese ser terminó su aprendizaje acá. Que está egresando. En esta cultura eso suena escandaloso y ella lo sabe. Pero despedirse, también puede ser reconocer una obra.

Algo vuelve.

En la voz que usamos para retar a los hijos.

En el modo de cebar un mate.

En la costumbre de mirar el cielo antes de que llueva.

En las decisiones que todavía consultamos con alguien que ya no está.

A él le hubiera gustado esto”.

"Ella habría dicho tal cosa".

Los muertos siguen apareciendo. No donde los pusimos. En otra parte. En los gestos heredados sin darnos cuenta. En las costumbres que creemos nuestras y que vienen de ellos. En esa frase que ya nadie sabe de quién era porque era de todos en la mesa, y la mesa ya no está completa.

"Hablar de la muerte es hablar de la vida", dice. "La única libertad que tenemos es elegir cómo queremos transitar el tiempo entre un umbral y el otro."

La naturaleza también enseña eso. Los ciclos. La tierra que recibe y devuelve. El día y la noche, dormir y despertar. Desde que inhalamos y exhalamos.

Monte aparece ahora bajo otra luz.

Un lugar donde, algunas personas se sentaron alrededor de una mesa a escuchar lo que casi nunca se escucha. Con mate y con miedo y con esa necesidad profundamente humana de no atravesar solos aquello que nos constituye.

Afuera seguía el pueblo. Sus perros. Su tarde.

Adentro, los muertos volvían a sentarse.

En la voz que usamos para retar a los hijos.

En el modo de cebar el mate.

En la costumbre de mirar el cielo antes de que llueva.


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