Canseco Juan Bautista 2026-01-05T12:24:00.000Z

La mitad de una vida

Hay países que atraviesan crisis. Y hay países donde la crisis atraviesa a las personas. Argentina pertenece, desde hace tiempo, a esta segunda categoría.

La mitad de una vida

Comenzando el 2026, ya no alcanza con describir indicadores, el verdadero dato duro es biográfico. La economía dejó de ser un telón de fondo y pasó a a ser la centro de nuestro transcurso por este camino, impacta en la manera de pensar el futuro, de ahorrar, de elegir quedarse o irse. La crisis dejó de ser un episodio; se volvió estado de conciencia.

La teoría económica clásica imagina las crisis como accidentes del camino, caídas transitorias antes de retomar la senda del crecimiento. Pero esa idea supone algo que en Argentina se volvió exótico, la continuidad. Para millones de compatriotas, la normalidad no fue la estabilidad interrumpida por una crisis, sino el estancamiento interrumpido por breves ilusiones de recuperación.

Cuando se observa el país desde la escala generacional, la realidad se vuelve incómoda, y explica muchas cosas. Para dejar el hueso a la intemperie: quien hoy supera los 70 años es alguien que todavía guarda en la memoria una Argentina donde el progreso era una expectativa razonable. No un milagro, una expectativa. El crédito existía, el salario proyectaba, el ascenso social era claramente una promesa imperfecta pero tangible. Esa experiencia, con todos sus claroscuros, funcionaba como ancla simbólica: se sabía que el país podía.

A partir de ahí, la película cambia de género. Las generaciones siguientes ya no vivieron un relato continuo, sino una sucesión de sobresaltos. Crecimientos que no alcanzaron, crisis que sí. Rebotes sin espesor, caídas profundas. El Producto Bruto Interno pudo haber subido algunos años, pero el ingreso real por habitante quedó atrapado en una meseta larga, demasiado larga como para ser casual.

Para quienes hoy tienen entre 30 y 40 años, la adultez coincidió casi por completo con inflación alta, crisis cambiarias recurrentes y reglas que cambiaban más rápido que los planes. Para los menores de 25, el diagnóstico es demoledor, y a su vez explica el porrque de sus tendencias politicas, no conocieron una moneda que funcione como reserva de valor ni un período prolongado de mejora del ingreso real promedio. No vivieron una crisis. Nacieron dentro de ella.

Este dato no es retórico. Cuando una economía no crece de manera sostenida y la inflación se vuelve crónica, la primera víctima no es el PBI: es el tiempo. El tiempo que no se puede proyectar, el futuro que se acorta, la vida que se administra en modo supervivencia. Ahorrar deja de ser una virtud, invertir se vuelve una apuesta, planificar a largo plazo suena casi ingenuo.

Se instala una forma silenciosa de darwinismo económico. No triunfa el que produce más o mejor, sino el que logra adaptarse con mayor velocidad a la volatilidad. El sistema premia la astucia defensiva y castiga la paciencia. La economía enseña, año tras año, que pensar a largo plazo es un riesgo, muy caro.

En paralelo, la política se acostumbra a gobernar en emergencia. La excepción se vuelve regla, la urgencia justifica todo y el derecho empieza a hablar el idioma de lo provisorio. No porque falten normas, sino porque sobran parches. El contrato social no se rompe de golpe, se erosiona.

Los años 2024–2025 profundizaron esta lógica. Fue un período de reordenamientos bruscos, ajustes severos y aprendizajes dolorosos. Para los jóvenes, lejos de ser un quiebre, fue una confirmación, el país no les estaba prometiendo un futuro, apenas les ofrecía resistencia.

Por eso el desafío de 2026 no puede reducirse a volver a crecer. Crecer es necesario, pero no suficiente. El problema central es la confianza, esa infraestructura invisible que permite imaginar la vida en plazos largos. Sin ella, cualquier recuperación es frágil, cualquier mejora es reversible, cualquier optimismo es táctico.

Argentina hoy no arrastra solo una deuda financiera. Arrastra una deuda más profunda y dolorosa, una que no se recupera: una deuda de tiempo. Se debe terminar con ese circulo vicioso donde a cada generacion se le pide paciencia, adaptación y sacrificio, pero se devuelve un horizonte cada vez más corto. Mientras no se rompa esa inercia, mientras la mitad de una vida siga transcurriendo sin progreso sostenido del ingreso real, la crisis no será una anomalía. Será, simplemente, nuestra forma de estar en el mundo.

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