Leandro Iribarne 2026-10-06T12:05:00.000ZLos que esperan
En 'Los que esperan', Leandro Iribarne retrata la crisis de Granja Tres Arroyos: despidos, salarios pagados con pollos y una ciudad que se desarma. Pero va más allá: muestra cómo un problema colectivo se vuelve individual. La culpa silenciosa, la changa, la deuda, la moto que no salva. El 7,9% de desempleo no dice nada de quienes esperan solos, como si la crisis fuera de cada uno.

Los que esperan
Los pollos se están quedando sin lugar.
La imagen de estos días alrededor de Granja Tres Arroyos tiene algo difícil de mirar.
Galpones, plantas detenidas, trabajadores que esperan, máquinas que dejan de funcionar.
En algunos establecimientos la actividad quedó reducida a unos pocos días por semana. En
otros, directamente se detuvo. La empresa, que llegó a faenar alrededor de 700.000 aves
por día y a emplear a miles de personas, atraviesa una crisis que ya produjo más de 1.700
desvinculaciones según su propia presentación judicial.
En septiembre, en una de sus plantas, se ofreció a los trabajadores cobrar parte de los
salarios adeudados con pollos.
El salario convertido en mercadería. El trabajo convertido en alimento. El alimento
convertido otra vez en una forma de deuda.
Mientras tanto, los pollos esperan.
Pienso en Monte.
En las personas que trabajan o trabajaron para esa empresa. En las que trabajaron para las
que le vendían cosas. En las que vivían de lo que esas personas gastaban. En los
almacenes que tienen sus nombres anotados en una libreta. En los que les alquilan una
pieza. En los que les cortaban el pelo.
Una empresa grande que se desarma se lleva recorridos. Horarios. Conversaciones. Una
parte de la idea que una ciudad tiene de sí misma.
La cifra nacional dice que el desempleo alcanzó el 7,9% en el segundo trimestre de 2026.
Cuesta imaginar qué significa eso acá.
El que perdió el trabajo está ahí.
Y también el que todavía lo tiene.
El que hace una changa. El que tiene dos trabajos. El que vende algo los fines de semana.
El docente que completa ingresos por otro lado. El que trabaja en negro unas horas. El que
tiene un empleo formal y, después de salir, se pone a reparar cosas, cocinar, revender. El
que conserva el puesto sin saber por cuánto tiempo.
Por eso desempleo suena a palabra limpia. Quirúrgica. Como un estado nítido de bordes
claros. Adentro o afuera. Empleado o no.
En una misma casa puede convivir un sueldo, una jubilación, dos changas, una venta por
internet, alguna deuda y una cuenta corriente en el almacén de la esquina.
Alguien anota y sabe cuándo puede seguir anotando y cuándo no.
La economía informal se parece más a un segundo piso de la economía formal.
Algo más extraño que la falta de trabajo. La poca bronca.
Uno esperaría organización. Algo colectivo y visible.
En cambio aparece una especie de silencio aplicado.
Cada uno intenta resolver lo suyo.
-Hay que rebuscársela. Moverse. Algo va a salir.
Quizás ese sea uno de los efectos más profundos de estos años. La transformación lenta y
casi imperceptible de un problema colectivo en una tarea individual.
Si no conseguís trabajo, tenés que mejorar el currículum. Si no alcanza, tenés que hacer
otra cosa. Si cerró la fábrica, tenés que capacitarte. Si no podés estudiar, tenés que
trabajar. Si trabajás y no alcanza, tenés que trabajar un poco más.
La cuenta no termina nunca.
Siempre parece faltar una variable que depende de uno.
Por eso aparece la culpa. Silenciosa.
De no haber previsto. De no haberse movido antes. De no haber estudiado otra cosa. De
haber comprado eso que ahora no se puede pagar.
Alguien que se queda sin trabajo puede comprar una moto para repartir, para moverse, para
empezar otra vez.
Durante un tiempo la moto ofrece futuro.
Después el trabajo vuelve a faltar y la moto queda convertida en cuota, deuda, seguro,
combustible, mantenimiento. El objeto comprado para salir adelante puede terminar siendo
parte del problema.
Algo se vuelve visible cuando alguien acostumbrado a trabajar todos los días empieza a
quedarse en casa.
Qué queda de alguien cuando deja de ser aquello que durante años le permitió
reconocerse.
Hay personas que durante veinte años hicieron una sola cosa.
La hicieron bien. Todos los días.
El currículum tiene algo cruel. Veinte años de experiencia pueden ocupar unas líneas. Y
aquello que por años fue una virtud puede transformarse, de pronto, en una limitación.
Porque dejó de coincidir con lo que se necesita.
Los jóvenes hacen otra cuenta. Estudiar ya no parece garantizar demasiado. Muchos
prefieren empezar a trabajar cuanto antes. Ayudar en casa. No depender.
Irse no siempre aparece como horizonte.
El 7,9% está ahí, en algún lugar, y es importante.
Pero no dice cuántos tienen miedo de pedir fiado. Cuántos hacen cuentas antes de aceptar
una salida. Cuántos trabajan más horas para no pensar. Cuántos siguen comprando cosas
que ya no pueden pagar porque necesitan, aunque sea por un rato, que la vida conserve la
apariencia que tenía.
Tampoco dice cuántos esperan el aviso. Que el mes cierre. Que el año mejore.
Lo más extraño de todo, quizás sea que nadie parece estar esperando lo mismo.
Y que cada uno espere solo.
Como si el problema fuera de cada uno.