Leandro Iribarne 2026-06-04T23:50:00.000ZUna trama encendida
En un local de la calle Alem, Mariela sigue trabajando como hace décadas. Entre arreglos de ropa, botones difíciles de conseguir y clientes de toda la vida, construyó una historia atravesada por el oficio, el servicio y la resistencia. Costurera, bombera voluntaria y sobreviviente de cáncer, su recorrido refleja también parte de la memoria cotidiana de un pueblo. Una crónica de Leandro Iribarne.

"En mi pecho, el reloj de sangre mide
el temeroso tiempo de la espera.”
La novia bajó del Rambler despacio, el vestido suspendido en una pausa, unos segundos más, antes de acomodarse al mundo. Mariela iba detrás, sosteniendo la cola blanca con las dos manos, evitando que rozara el piso de la plaza. La iglesia neocolonial de Monte esperaba abierta, quieta. Era noviembre. La humedad empezaba a pegarse a las paredes y a las camisas. Adentro, en el altar, esa sensación absurda de que todo el pueblo respiraba más lento.

Hay personas que pasan décadas cosiendo para otros y terminan entrando sin querer en la memoria física de un lugar. Mariela parece una de esas personas. Hay mujeres en Monte que todavía guardan vestidos hechos por ella como si guardaran una edad. Un momento irrepetible del cuerpo. Una versión de sí mismas.
"Un vestido no es solamente coser. Vos tenés que interpretar a la persona."
La bandera en forma de llama rosa, flamea un poco aunque no haya viento.
En la vereda de la calle Alem, espera con la palabra MERCERÍA escrita al revés, pensada para el que viene de afuera.
Mariela está adentro, atendiendo. La puerta abierta, las rejas en la ventana, y a través del metal los colores: algo amarillo, algo estampado, una manga que cuelga. Una radio dice algo. Sobre el tiempo de mañana, o sobre fútbol. Lo importante es que no para.
Cuando me acerco, ella está midiendo. Después va a atender el teléfono. Después va a volver. La entrevista deviene en fragmentos, en el espacio entre una cosa y la siguiente.
El llamado llegó con una cajita.
Una cajita con agujas adentro, y telas, y trapitos para las muñecas. Al principio la caja, las manos pequeñas, la idea de que la tela puede convertirse en otra cosa.
"Yo ya sabía que era lo que me gustaba."
Casi una vocación, antes del lenguaje y sin mucho más que explicar.
Hay quienes pasan décadas tratando de descubrir para qué nacieron. Mariela no. El problema fue que el mundo todavía no estaba listo para algunos de los lugares adonde ella quería ir.

La radio cambia de canción. Entra una señora, pregunta por un botón particular, de esos que ya no se consiguen. Mariela va hasta una caja, busca, encuentra algo parecido. La señora duda. Mariela dice que sí, que queda igual. La señora se va conforme.
Cuando vuelve me dice que la moda es un círculo.
"Sale, tenemos un punto y volvemos años al mismo punto. Le dicen retro, vintage. En realidad son modelos que ya se usaban."
Lleva décadas viendo pasar las cosas y ya sabe que nada se pierde del todo. Que lo que se va vuelve con otro nombre.
Antes del local en la calle Alem, estuvo en Buenos Aires.
Fue con sacrificio. Simplemente ocurrió y valió la pena. La carrera con Roberto Piazza. Una experiencia única.
Después eligió Monte. Volvió con algo aprendido que el pueblo no tenía aún, y con la certeza de que acá había algo que Buenos Aires no podía darle.
Abrió el local.
Habla de entender. De que cada cuerpo esconde un carácter, una inseguridad, una forma particular de pararse frente al mundo.
En algún punto la conversación deriva hacia las chicas jóvenes. Las fotos filtradas. Las medidas imposibles. Cuerpos corregidos por algoritmos antes de entrar en una tela.
"Hacerles entender que el cuerpo de ellos es lindo igual, sea como sea. Disfrutar el cuerpito que tenés."
Afuera flamea la bandera rosa. Pasan motos.
Mientras tomaba medidas y corregía ruedos, también sonaba la sirena.
La historia de cómo entró al cuartel en Los Toldos tiene algo de absurdo perfecto. Quería ayudar, buscaba una forma. En esa época no tomaban mujeres. Llevó igual la presentación. En el pedido para aspirantes no existía categoría de masculino ni femenino.
El encargado me dice: 'Te tengo que tomar sí o sí porque no especifiqué'."
Una omisión burocrática. Un formulario mal redactado. Y de ese descuido nació algo que duró décadas.
No había otras mujeres adentro. Tuvo que buscar una compañera para no caminar sola.
"Abrimos el camino y ahora hay muchas mujeres."
El camino se transita. Y cuando ya está abierto, lo importante es que otras puedan caminarlo también.
Habla de recuerdos difíciles sin esquivarlos.
"Cosas horribles que te quedan por mucho tiempo. Me choca mucho cuando hay niños."
Una pausa.
"Y lamentablemente la mayoría de las veces hay."
La enfermedad se fue filtrando.
Cansancio. Luego estudios. Después con un nombre.
Alguien le preguntó si estaba enojada.
"Le dije que no. Me preguntó: '¿Por qué no?' Le dije: 'Uno dice ¿por qué? ¿Y por qué no? Si me tocó a mí es porque la tengo que enfrentar.'"
Su suegra llegó un día y le dijo: ¿Querés que me corte el pelo así? Estamos iguales.
Mariela lo cuenta y dice que eso es sencillo. La sencillez es esa.
La radio anuncia algo. Mariela se levanta, atiende a alguien en la puerta, vuelve.
Le pregunto qué le diría a alguien que tiene un sueño pero no sabe cómo empezar.
"Que los sueños hay que caminarlos, lucharlos, trabajarlos, que siempre llegan."
Una pausa breve.
"Yo digo que yo nací para las agujas y para el servicio."
Afuera, la llama rosa flamea. En la vereda hay una grieta y en la grieta hay un yuyo creciendo. Pequeño, sin importancia. La calle Alem abriéndose despacio mientras el local sigue ahí.
Pienso en la cajita de agujas. En el formulario sin género. En las dos cabezas iguales. En la cola del vestido que no toca el piso.
Algunas personas aprendieron temprano, sin palabras todavía, a sostener las cosas mientras se transforman.
Mariela ya estaba levantándose cuando corté la grabación. Alguien más esperaba.
El local seguía abierto.