Leandro Iribarne 2026-05-11T21:19:00.000ZEl abrazo que se vuelve hogar
Leandro Iribarne recorrió la feria del Hogar “EL Abrazo de la Madre teresa y volvió con una crónica sobre lo que se construye cuando un pueblo decide no dejar a nadie atrás. Una historia de mujeres, objetos usados, empanadas y ladrillos que avanzan, de a poco, hacia algo que trasciende la época.

La feria abre los sábados, domingos y feriados. Desde afuera parece una venta improvisada, como las que aparecen en los pueblos cuando alguien vacía una casa o acomoda un galpón. Hay vajilla, copas, libros, camperas, muebles, cuadros, ropa doblada en pilas desparejas. Pero después de unos minutos se entiende que acá, se transfigura el pasado, se está levantando otra cosa.
Las mujeres acomodan los objetos, como si alistaran una escena doméstica. Cambian una lámpara de lugar, cuelgan una campera, ordenan platos sobre una mesa larga. Hay olor a madera vieja, a ropa guardada, a mate lavado de varias horas. Cada tanto entra alguien, pregunta un precio, compra una taza, deja una bolsa con donaciones o promete volver. Afuera pasa la tarde de Monte, lenta, con ese movimiento mínimo donde las cosas importantes suelen ocurrir sin estridencias.
“A cuentagotas”, dice Laura.
Lo dice cuando habla de la construcción del hogar. Lo dice cuando habla de la plata. Lo dice cuando habla de los años que pasaron.
La idea nació en 2017. María Eugenia Eurruela, ex docente de la escuela especial, convocó a varias familias atravesadas por la discapacidad. Pensaban en el futuro. En el día en que algunos padres ya no pudieran cuidar a sus hijos. En la posibilidad concreta de que alguien quedara solo. Entonces apareció la idea de construir un hogar permanente en San Miguel del Monte.
El entonces obispo de Chascomús, Monseñor Malfa, decidió donarles un predio enorme: ochenta metros por ochenta y dos. Pero el trámite se demoró. Llegó la pandemia. La escritura nunca terminaba de firmarse y la asociación quedó suspendida en una situación extraña: juntaban dinero, sumaban socios, hacían eventos, pero no podían tocar un peso para construir algo que todavía no figuraba legalmente a su nombre.
“Queríamos demostrarle al pueblo que esa plata estaba”, dice Laura.
La frase se refleja con cierta angustia fresca. Como si aquellos años hubieran sido una prueba silenciosa. Tener que explicar una y otra vez que el proyecto seguía vivo aunque el terreno continuara vacío.
La donación finalmente se firmó entre 2021 y 2022, durante una misa de San José en Monte. Recién entonces pudieron empezar la obra.
“Creo que arrancamos en noviembre de 2022”, recuerda.
Desde entonces avanzan lento, pero avanzan.
Empanadas. Ferias. Polladas. Desfiles. Milongas. Obras de teatro. Remates. Cantinas improvisadas en eventos. La sensación es que cualquier reunión del pueblo puede convertirse, en algún momento de la noche, en una bolsa de cemento que aporte a la obra.
Laura enumera ayudas trazando un mapa afectivo de Monte: la cooperativa, empresas locales, fundaciones, un subsidio municipal, algo de provincia, un senador, comerciantes, personas anónimas que pagan una cuota y dejan un poco más. Nada gigantesco, pero todo parece decisivo.
“Cinco millones fue una ayuda enorme”, dice. Después sonríe apenas, con resignación. “Pero cuando lo pasás a construcción…”
Delia llegó porque su hija integraba la comisión. Alicia heredó el lugar cuando la suya se mudó a Buenos Aires. Fabiana se sumó hace apenas dos meses. Dice que participar en el hogar es “parte del propósito de vida”.
Mientras hablan acomodan objetos. Mueven cajas. Doblan ropa con un ritmo que se deshilacha en las horas. Cambian cosas de lugar para que “la gente pueda verlas mejor”. Organizan el pasado disperso para convertirlo en futuro.
“La ropa de invierno la estamos liquidando”, dice Alicia. “Tres mil, cuatro mil pesos. Todo sirve.”
La frase sostiene toda la lógica del hogar.
Diez mil pesos son una bolsa de cemento. Una tarde abierta puede transformarse en una ventana comprada. Una docena de empanadas puede pagar materiales. Una silla vendida quizás alcance para unos ladrillos.
Nada sobra.
Pero desde ahí crece la energía.
La asociación tiene alrededor de novecientos socios. La cuota anual es baja, casi simbólica. Laura insiste en algo que considera central: la transparencia.
“Mostramos todo. Lo que juntamos, adónde va, cómo avanza la obra.”
Habla de eso con un orgullo sereno. Quizás por eso el proyecto sigue creciendo. Porque las personas ven el hormigón subir. Ven las paredes. Ven que las empanadas terminan convertidas en algo concreto.
“Esto va a quedar para Monte”, dice Laura.
El hogar deja de pertenecer solamente a quienes hoy lo empujan. Ellas mismas imaginan un futuro donde ya no estén. Donde otras personas ocupen su lugar en la comisión, abran la feria un domingo, acomoden muebles usados o vendan rifas para seguir ampliando el edificio.
La construcción, en realidad, ya empezó hace tiempo.
En el tejido invisible que se armó alrededor.
En la mujer que deja paga una bolsa de cemento en un corralón. En el vecino que abre la feria una tarde para que no quede cerrada. En quien dona una mesa. En quien compra un libro viejo. En quien hace cuatro docenas de empanadas y las deja listas para vender. En las rodillas cansadas de una milonga bailada hasta tarde.
Monte habita ahí, como escenario, como fuerza.
Un pueblo entero respira en esa obra, en ese techo sostenido hoy en la trama urdida por manos, hecha de memoria, espera y relevos.
Todavía resuena.