Canseco Juan Bautista 2026-03-20T11:49:00.000Z

Encarcelamos a los que apretaban el gatillo. A los que dieron la orden, no

El terrorismo de Estado no fue un brote de locura militar, fue la herramienta quirúrgica de un proyecto económico planificado desde las sombras. Los propios artífices del régimen lo confesaron. Esta es la historia del hombre que ordenaba mientras los generales obedecían, y de la deuda que nuestra democracia todavía no se anima a saldar.

Encarcelamos a los que apretaban el gatillo. A los que dieron la orden, no

Claro, aquí está el texto con las frases entre comillas y los nombres propios en negrita:

Solemos reducir la memoria de la última dictadura a una escenografía de uniformes verde oliva, **Falcon** verdes y centros clandestinos. Es comprensible que el espanto se fije en la sangre. Sin embargo esa postal excluyente nos ciega ante una verdad histórica más profunda y perturbadora. El verdadero poder, el que rediseñó nuestro **ADN** social para siempre, no vestía fajina. Operaba desde los despachos del **Ministerio de Economía**, fumando puros importados y tomando decisiones que ningún general comprendía del todo. Tenía nombre y apellido: **José Alfredo Martínez de Hoz**.

Me animo a sostener, asumiendo el riesgo de la polémica, que el terrorismo de Estado no fue un fin en sí mismo. La cacería humana fue el instrumento quirúrgico para aplicar un terrorismo económico planificado desde las sombras. El objetivo real nunca fue derrotar a una guerrilla prácticamente aniquilada antes del golpe. La verdadera amenaza era algo mucho más difícil de fusilar: esa sociedad plebeya, fuertemente industrializada, con una clase trabajadora insolente que disputaba la distribución de la riqueza y ganaba.

Los testimonios de los propios verdugos nos eximen de cualquier especulación teórica. Según surge de la entrevista que **Videla** le concedió al periodista **Ceferino Reato**, el objetivo primordial era **"disciplinar a una sociedad anarquizada"** e imponer a sangre y fuego una economía de mercado liberal. Y el blanco específico eran los sindicatos. **Juan Alemann**, secretario de **Hacienda** de **Martínez de Hoz**, confesó al investigador **Alberto Vercesi** que el verdadero logro de la dictadura fue que **"debilitamos el poder sindical"** , porque antes de 1976 ese poder prevalecía por sobre el poder político. De la boca de sus propios artífices: la masacre fue una herramienta para ejecutar una revancha clasista.

Para esta demolición los militares necesitaban un cerebro civil. Así fue convocado **Martínez de Hoz** — ex presidente del **Consejo Empresario Argentino**, conectado íntimamente con el establishment financiero global. El nivel de sumisión de los uniformados era absoluto. **Ricardo Yofre**, subsecretario general de la **Presidencia**, dejó documentado que **Videla** tenía una **"subordinación"** total hacia el ministro. El jefe de asesores de **Economía**, **Luis García Martínez**, admitió sin rubor que **"los militares no sabían ni lo que era, ni entendían, pero nada"** del plan económico. El civil ordenaba. Los generales acataban.

Con ese cheque en blanco vino el industricidio. Importaciones abiertas de manera indiscriminada, fábricas que cerraban, empleos que se evaporaban. El secretario de **Comercio** **Alejandro Estrada** llegó al cinismo de preguntarse públicamente si para el país era más importante fabricar acero que golosinas. En paralelo, la **Reforma Financiera de 1977** transformó la matriz del país: las tasas liberadas y un **Banco Central** conducido por **Adolfo Diz** — fiel discípulo de la **Escuela de Chicago** — inauguraron la era de la especulación desenfrenada. El propio **Martínez de Hoz** lo confesó años después con una candidez que hiela: el hombre más importante de una empresa ya no era el gerente de producción sino el gerente financiero. La timba había reemplazado a la industria. La fiesta terminó en 1980 con la caída del **Banco de Intercambio Regional** y miles de ahorristas en la calle.

Para sostener el esquema, el superministro recurrió al endeudamiento externo. La deuda se multiplicó casi por cinco durante su gestión y él lo exhibía como trofeo — era, decía, prueba de la **"confianza internacional"** en la **Argentina**. Su amistad con **David Rockefeller**, documentada en sus propias memorias, fue la llave que abrió las puertas del crédito mundial a una dictadura que usaba esos dólares para sostener la fuga de capitales y alimentar la especulación.

El cinismo de estos hombres se vuelve insoportable cuando argumentan que no pudieron ir a fondo porque la **Junta** les prohibió generar alto desempleo — temían que las fábricas paradas engrosaran las filas de la subversión. Pero la desocupación se mantuvo baja a través de la peor de las atrocidades: cientos de miles de exiliados, cuentapropismo precario masivo y terror en las fábricas. No había paros porque quien reclamaba, desaparecía.

El objetivo último, que **Martínez de Hoz** repetía sin pudor, era **"cambiar la mentalidad"** del argentino. Erradicar la noción de convenios colectivos y solidaridad de clase para imponernos el individualismo del libre mercado. Una sociedad atomizada, temerosa, reducida al sálvese quien pueda. En gran medida lo lograron.

Juzgamos y encarcelamos a los militares que ejecutaron el genocidio físico, y estuvo bien hacerlo. Pero nuestra transición democrática dejó impunes a los estrategas del genocidio económico. El país endeudado, primarizado y desigual que habitamos hoy no es el resultado de ninguna fatalidad — es el mapa exacto que diseñaron esos hombres desde sus escritorios inmaculados, lejos de la sangre de los cuarteles pero bañados en la misma crueldad.

La memoria no estará completa mientras sigamos mirando solo las botas.

Encarcelamos a los que apretaban el gatillo. A los que dieron la orden, no

Encarcelamos a los que apretaban el gatillo. A los que dieron la orden, no

El terrorismo de Estado no fue un brote de locura militar, fue la herramienta quirúrgica de un proyecto económico planificado desde las sombras. Los propios artífices del régimen lo confesaron. Esta es la historia del hombre que ordenaba mientras los generales obedecían, y de la deuda que nuestra democracia todavía no se anima a saldar.

La mitad de una vida

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Hay países que atraviesan crisis. Y hay países donde la crisis atraviesa a las personas. Argentina pertenece, desde hace tiempo, a esta segunda categoría.