Dolores Duggan 2025-12-29T12:12:00.000Z

La corrección de los errores

La Dra. Dolores Duggan nos acerca reflexiones logosóficas que invitan a mirar el error no como una falla, sino como una oportunidad para comprendernos y crecer.

La corrección de los errores

¿Qué concepto tengo del error? ¿Qué es para mí un error? ¿Qué imagen viene a mi mente cuando pienso en el error? ¿Qué sensación interna siento cuando me equivoco? ¿Y cuando un hijo se equivoca?

Buscar precisar esas sensaciones internas, esos argumentos de pensamientos que se presentan, esas imágenes que aparecen en la propia mente ante los errores propios y/o ajenos será la punta del hilo para descubrir la causa de nuestro accionar en la corrección de los errores propios y/o ajenos, y abrirnos a la oportunidad de ensayar nuevas ubicaciones superadoras y felices.

Muchas veces la primera reacción suele ser desear volver el tiempo atrás para haber evitado el error que luego reconocimos. Al fin de cuentas, ¿a quién le gusta equivocarse?

Sin embargo, ese desear no equivocarnos ¿acaso no esconde la pretensión de ser perfectos? Suena absurdo pretender ser perfecto, pero pretender no equivocarse significa pretender hacer todo bien como si lo fuéramos. Posiblemente esa connotación negativa que surge del error es la que más afecta los procesos de aprendizaje propios y de nuestros hijos o alumnos.

Hay una imagen que me resulta inspiradora; es la de un bebe aprendiendo a caminar: logra pararse, pierde el equilibrio, se cae, vuelve a intentarlo una y otra vez hasta que un día logra dar un pasito, se vuelve a caer y sigue intentando. Y por más caídas que haya tenido en ningún momento deja de intentarlo. Las caídas forman parte del aprender a caminar. Es lógico caerse mientras el niño aprende a caminar. Es lógico cometer errores mientras aprendemos. El desafío es no quedarnos en el suelo, en el error, sino seguir ensayando, aprendiendo, volver a ponernos de pie.

El error es la forma que tiene la realidad de mostrarnos que eso no lo sabemos. El autor de la Logosofía sostiene: “Mientras se aprende es lógico cometer errores. Los errores son propios del esfuerzo que se realiza en tal sentido. Pero éstos deben ser útiles para el que los comete y para el que los observa.”

Cada fracaso deberás tomarlo como principio de triunfo, siempre que de él extraigas el elemento que te faltó para vencer.” El error se convierte en una oportunidad para identificar qué nos está faltando para triunfar.


¿Para qué corregimos? ¿Qué buscamos al corregir? (tanto los propios errores como los de nuestros hijos)

El preguntarnos el “para qué”, nos trae una imagen de lo que queremos alcanzar. Queremos que el niño se comporte bien, que no moleste, que ponderen su conducta, que lo quieran. ¿Dónde pongo el foco? ¿Qué es lo que quiero corregir? Estoy cansada y me molesta que grite, o puedo identificar en su grito, el cansancio o la molestia que le genera que no le salgan las cosas como él quiere por ejemplo.

¿Dónde pongo el foco al corregir?

¿A quién le tengo paciencia? ¿Al niño o al pensamiento de capricho?

Si bien parece una pregunta hecha al pasar, acá reside una de las grandes claves de la Pedagogía Logosófica, la cual enseña a poner el foco en la causa, en el pensamiento que promueve la conducta. Ésta, buena o mala, es consecuencia de la población mental predominante. Los conocimientos logosóficos iluminan el mundo interno para conocer las causas de nuestras conductas y poder modificarlas desde ese plano. Son cambios que llevan más tiempo que los efectos inmediatos de una amenaza, pero perduran en el tiempo y el niño se portará bien por más que nadie lo esté mirando. No actuará bien o mal según la mirada del otro o por temor al “qué dirán”, actuará bien porque sabe que se siente bien actuando bien, lo reclama su propia conciencia.


He experimentado en mí cómo la imagen del “para qué corregimos” se contextualiza y orienta al preguntarnos ¿Para qué vivimos? Una pregunta profunda, que seguramente todos los seres humanos nos hicimos alguna vez o varias veces. Gonzalez Pecotche, autor de la Logosofía invita a reflexionar: “¿Por qué vivo? ¿Para qué vivo? ¿Para hacer lo que hacen todos?, ¿para hacer todos los días lo mismo? (…) ¿Puedo hacer hoy algo mejor que ayer?, ¿Cómo comportarme hoy mejor conmigo mismo, con mis semejantes? (...) Bueno, si mañana yo debo dejar mi ser, ¿estoy conforme con lo que fui?”

Y a su vez, estas preguntas están muy vinculadas a esta otra: ¿cuál es mi función como madre / padre?

La vorágine de la diaria nos sumerge en lo inmediato, muchas veces nos vemos corriendo detrás de una lista de pendientes.

Y si por un momento paramos la pelota y nos imaginamos viviendo nuestros últimos días ¿qué fue lo que realmente tuvo valor en mi vida? ¿qué me llevo? Posiblemente nos vengan recuerdos de momentos compartidos con nuestros seres queridos, aprendizajes, sensaciones, lo que pudimos dar, lo que recibimos, que al recordarlo hace brotar internamente el sentimiento de gratitud, una de las claves de la felicidad.

Detrás de la sucesión de hechos físicos hay porciones de mucho valor, porciones de eternidad que perdurarán en el recuerdo de quienes lo vivieron como tesoros del corazón y forjarán a su vez el escudo protector en momentos difíciles que naturalmente la vida nos presenta.

¿Y si buscáramos lo trascendente en lo cotidiano? Posiblemente nuestra vida comience a ampliarse, el ánimo a expandirse y comiencen a brotar recursos internos desconocidos, a la par que sintamos la necesidad de aprender y capacitarnos para poder dar más y mejor.

Al sentirse responsables frente a su sagrada misión, al compenetrarse de que al darle vida a un ser han ofrecido a un alma la oportunidad de evolucionar, ...”. Conscientes o no, al tener un hijo le estamos dando a un ser la oportunidad de evolucionar. El autor de la Logosofía manifiesta que como seres humanos tenemos 2 grandes prerrogativas: evolucionar y servir a la humanidad, y precisamos de este plano físico para desarrollarlas.

Y siguiendo con las preguntas (es interesante cómo hacernos preguntas nos lleva a bucear en el propio mundo interno buscando respuestas, identificando qué tenemos y qué nos falta)

¿Qué parte de mi es la que corrige? Es una invitación a observarnos. No se si les ha pasado que ante una misma situación (pelea de hermanos, capricho de un hijo,) a veces acompañamos desde un lugar amoroso, paciente, sereno, estando “en eje”, y en otros momentos, ante la misma situación nos sentimos como “fuera de eje”, tomados por la rigidez (“las cosas son así y punto”), o miro para otro lado y bajo la cortina de la indiferencia, o me toma la susceptibilidad y tengo la sensación de que esos caprichos me los hace a mí a propósito, o me veo interferida por el apuro y quiero que se resuelva ya esa pelea de hermanos como sea.

Todas esas “interferencias” que me llevan a estar fuera de eje, el autor de la Logosofía las llama deficiencias. El libro “Deficiencias y propensiones del ser humano” es uno de los tantos libros que escribió y es interesante la descripción que hace de una serie de deficiencias que ayuda a poderlas identificar en uno mismo. La idea no es creer en nada de lo que está escrito sino comprobarlo. Y luego describe cómo hacer para cultivar la virtud.

A mí, por ejemplo, me ayudó mucho trabajar la intolerancia que se me presentaba con una de mis hijas cuando se obstinaba con algo. Leyendo varios tips de páginas sobre educación ensayaba ponerme a su misma altura, mirarla a los ojos, abrazarla, ... pero tomada por la intolerancia que cerraba en mí el canal sensible y la posibilidad de comprenderla, ni ella ni yo nos creíamos ese abrazo impostado. Cuando empecé a identificar la intolerancia en mí, la experiencia empezó a cambiar. Trabajando en mí y no pretendiendo que ella dejara de tener esos caprichos, “mágicamente” éstos se fueron suavizando. No es que desaparecieron, pero me doy cuenta que cuando estoy en dominio de mi misma, atenta a no verme interferida por la intolerancia, puedo acompañarla con amor, comprensión y serenidad.

Me ayuda pensar ¿cómo me gustaría que me acompañen ante un capricho propio? Y acá se presentan dos caminos que parecen parecidos pero son diferentes: una ubicación es consentirlo, que trae efectos aparentemente positivos a corto plazo, pero el resultado será el robustecimiento de ese pensamiento negativo que se presentará con mayor vehemencia y asiduidad en el futuro, y otro camino es acompañar con amor, comprensión y respeto a ese ser que está atravesado por el capricho, asistiéndolo para que ese pensamiento negativo deje de estar sentado en “su silla mental” dominando al ser que ha cooptado. Este camino requiere acompañar al niño en los días subsiguientes, buscando reflexionar sobre la experiencia vivida en momentos de receptividad, incentivando a que gire el reflector de la observación hacia sí mismo y pueda identificar cómo lo hace sentir el capricho, qué lo promueve, qué cosas lo ayudan a salir de esos estados, etc.

Toda enseñanza moral no avalada con el ejemplo de quien la dicta obra en el alma del que la recibe en sentido contrario” me recuerda ser coherente como madre y como ser humano, no pretendiendo de mi hijo o de otro lo que no soy capaz de dar o hacer.

Una parte de mi desearía que corregir errores fuera tan sencillo como el subrayado de word ante los errores ortográficos con una respuesta clara, unívoca, inmediata. Es una imagen atractiva, pero si así fueran de sencillas las correcciones de los errores, nosotros dejaríamos de ser seres humanos y pasaríamos a ser computadoras…

La Pedagogía Logosófica estimula al niño a ser constructivo dentro de la sociedad, buscando aportar más y mejor.

Es común y sensato escuchar el reclamo de “un mundo mejor para los hijos”. La Logosofía pone en evidencia que el mundo será mejor, en la medida en que la sumatoria de quienes lo integramos mejoremos, en cada uno está una fracción de responsabilidad y la posibilidad de que ese anhelo sea una realidad. Si uno cambia, mejora, la humanidad cambia, en un mínimo porcentaje, pero el único cambio real que puede promoverse es el propio.

Así fue cómo comenzó la Obra Logosofica, el autor argentino, siendo joven y observando el estado de la humanidad, sintió internamente una voz que le decía “Haz tú un mundo mejor”.

¿Se imaginan si muchos seres humanos diéramos espacio para ese profundo anhelo interno? ¿Cómo sería la humanidad si todos buscáramos realizar en el día a día un mundo mejor?

Si te interesa saber más de Logosofía podes entrar a la página web: https://logosofia.org.ar/ donde vas a encontrar los libros para descargar gratuitamente y podcast donde diferentes estudiantes de Logosofía comparten qué beneficio les ha reportado a sus vidas incorporar estos conocimientos

Fundación Logosófica en Pro de la Superación Humana



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