Leandro Iribarne 2026-10-28T11:36:00.000Z

Nuestros queridos difuntos

En vísperas del Día de los Fieles Difuntos, Leandro Iribarne recupera la tradición de la misa en el cementerio municipal y reflexiona sobre el vínculo de la comunidad con la muerte, la memoria y el paso del tiempo.

Nuestros queridos difuntos

Monte amaneció gris. Un cielo bajo, de nubes apretadas, dejó caer unas gotas ínfimas sobre la fachada del cementerio municipal y después se abrió, en la necesidad de decidir algo. En el portal, la pintura descascarada guarda siglos de pasos. Adentro, la misa del 2 de noviembre comienza donde siempre comienza, entre los muertos. Desde hace décadas se hace aquí, y desde hace un tiempo también en el cementerio parque, ampliando el gesto para abarcar a los nuevos cuerpos y a las viejas costumbres.

El cura habla del miedo a la muerte y dice que esa certeza es el principio de la creencia. Creer para ver. Las lecturas del Apocalipsis suenan dentro de la capilla como un idioma anterior, grave, que promete una apertura cuando todo parece cerrarse. La fe, dice, es la llave, cuando los ojos se cierran, se abren a la gloria.

A pocos metros, los chicos recorren las hileras de nichos con una curiosidad desarmada. Tocan placas, leen nombres en voz alta, preguntan. Para ellos el cementerio es un gran patio donde explorar. El contraste entre la frescura del juego frente al dramatismo quieto del rito. No hay vallas evidentes, sólo un cambio de tono. El ritual católico se mantiene serio, repetido, casi inmóvil. La infancia, fluye.

“En todas las culturas la muerte es tabú y fascinación”, dice alguien que vino hoy. “También esperanza, la idea de que hay otra cosa, un puente.”

Desde lo racional, agrega, hay cosas que no se pueden explicar. Por eso el rito funciona como una respuesta comunitaria a lo inexplicable.

El cementerio es un archivo del pueblo. Apellidos que hoy son calles vuelven a aparecer en mármol y cemento. Videla Dorna, diputados e intendentes de hace más de un siglo. Iribarne, nombre que hoy ocupa una plaza, repetido en varias bóvedas, varias generaciones compartiendo un mismo espacio físico. El tiempo acomoda a las familias en capas: bisabuelos, abuelos, padres. En algunas capillas faltan tejas; en el hueco, una paloma hizo su nido. Hay tumbas limpias y otras que nadie visita. A veces alguien ofrece su servicio para mantenerlas. A veces corre el comentario malicioso sobre tal o cual familia y el estado de su sepultura. El cuidado es una forma de memoria.

“Si hasta los elefantes vuelven una vez al año a sus cementerios”, dice otra voz, “hay algo que nos llama desde lo colectivo”.

El duelo propio pero también saber que lo que le pasa a uno le pasa al de al lado. En Monte, la muerte ocupa un lugar cotidiano. La casa velatoria es una pantalla pública: los mayores pasan, miran el nombre, avisan, se acercan a saludar. Las redes sociales ahora ordenan horarios y avisos, pero es el mismo gesto. Estar.

Una mujer recuerda la primera vez que vino. Tenía nueve años. Su abuelo había muerto hacía pocos meses y la llevaron al cementerio como parte de una tradición.

Hace treinta años de eso. El Día de los Muertos estaba en su familia. Los padres venían desde el campo para visitar a los suyos. Hoy, cuando se para frente a la tumba, sabe que ahí descansa una parte del árbol genealógico. Aunque en ese escenario aparezcan otros muertos: los que no deberían estar, los que duelen con el paso del tiempo.

La misa en el cementerio cambia todo. Cantar entre las tumbas le da otra energía al lugar. Es la misa de los difuntos para los difuntos y sus familiares. La tradición se mantiene, quizá con menos gente, quizá repartida entre dos cementerios. Las generaciones más jóvenes llegan porque las traen. La relación con la muerte se volvió lejana, sin palabras. “Hay que hablarla”, dice alguien. “Es parte del proceso de estar vivo.”

Cuando la ceremonia termina, el sol asoma. El perro del portal se alza en dos patas buscando complicidad. Los chicos siguen corriendo. Las velas se apagan de a poco. Los nombres quedan. El rito funciona como un espejo del tiempo. Quienes hoy rezan, mañana serán rezados. En ese acuerdo tácito se sostiene la comunidad.

Hasta que vuelvan.





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