Leandro Iribarne 2026-01-10T13:39:00.000ZPrimero personas
Un chico mira desde afuera de un alambrado y sueña con entrar. Años después, Joaquín Oliva vuelve a ese mismo potrero, ya no como espectador sino como quien abre la puerta: una crónica de Leandro Iribarne sobre el fútbol barrial como refugio, escuela de valores y forma silenciosa de cambiar destinos.

El pibe observa desde afuera.
Tiene once, quizá doce años. Apoya los brazos sobre el alambrado, la frente contra el hierro. Del otro lado, la tierra se levanta con cada volea. El sol baja detrás de las casas bajas de la calle Libertad, entre Urquiza y el pasaje AIcardi. En ese momento, el barrio no tiene mucho más que ofrecer, un kiosco medio cerrado, un par de autos que pasan, algún perro que duerme cerca del cordón.
Ahí, entre la tierra, el ruido y las risas, está lo que él busca.
“A mis 11, 12 años fue algo que me marcó mucho, que dije, no, yo esto no quiero que le pase a otro.”
Años después, Joaquín Oliva vuelve a esa misma escena, pero del otro lado del alambrado. Ahora enseña.
“Nuestro trabajo es más social que deportivo. A veces lo que necesitan es a esa persona que se acerque y le diga: che, ¿todo bien? ¿Te pasa algo?”
Repasa mentalmente los nombres de los chicos mientras acomoda los conos. A las cuatro de la tarde, el sol salpica distinto en el polvo y el viento empieza a oler a merienda. Tal vez por eso piensa en las categorías.
“Yo haría todo mixto hasta los 13 años. Los pibes no tienen prejuicio, los padres sí. Las chicas fueron quienes les abrieron la posibilidad al club Val de entrar a la Liga de Lobos.”
El barrio se despierta de la siesta, los pibes llegan a pie, algunos en bici, otros en moto.
“La mayoría viene por su cuenta, a veces desde lejos. Pero vienen igual. Acá hay algo que no se encuentra fácil, alguien que los espere.”
El club Val es media manzana alambrada, un pedazo de tierra entre casas bajas y pastos ralos, con un salón que hace de todo: cumpleaños, rifas, meriendas, clases. Nada sobra, pero tampoco falta lo esencial: las ganas. En los bordes del campo, crecen los yuyos donde los chicos no pisan.
“Primero personas, después jugadores”, la frase capea como una bandera .
No sobran reflectores, algunas luces dispersas que se prenden cuando el cielo empieza a teñirse de naranja. A veces entrenan así, a medio ver, con la pelota que desaparece entre sombras.
“Lo que nosotros tenemos que hacer es que si pierde, explicarle que eso es parte de la vida. Le damos mucha bolilla a los valores.”
Habla con calma, con una cadencia que se aprende más en la intemperie que en las aulas. Su historia personal es una especie de espejo de lo que enseña: el deseo de haber tenido un lugar y la necesidad de dárselo a otros.
“El fútbol no es solo ganar. Es aprender a perder, a esperar, a compartir. Cuando un nene se frustra, no hay que gritarle. Hay que acompañarlo.”
En Monte, el tiempo parece moverse más lento. Entre el ruido del tránsito de la ruta y los silencios de la siesta, hay algo que detiene la urgencia del mundo.
“A veces los pibes llegan antes y se quedan esperando. No les importa si el entrenamiento empieza o no. Ellos vienen para estar.”
Los pibes tienen entre siete y once años. Juegan juntos, varones y mujeres, sin hacer diferencias.
“Los únicos que a veces protestan son los adultos. Ellos todavía no entienden que esto es un juego.”
A esa edad, el fútbol es una forma de descubrir el cuerpo, el tiempo, el otro.
A veces, cuando hacen goles, festejan todos. Propios y rivales.
"Los padres muchas veces son más competitivos que los hijos.Si los chicos se divierten, lo demás llega solo.”
El salón guarda huellas de muchas tardes: una pelota gastada, una pava, una olla que alguna vez sirvió para juntar fondos.
“Después de la pandemia, tuvimos que empezar de cero. Regularizar papeles, hacer asambleas. Fue un quilombo, pero también nos unió. Hoy el club existe porque los mismos padres y madres lo sostienen. A pulmón.”
El barrio se llena de ruido al caer el sol. Se oyen las motos que llegan a buscar chicos, los gritos, las risas. Algún perro que ladra. Un auto que pasa despacio, con la radio encendida.
Joaquín camina hasta el medio de la cancha, levanta una pelota y la guarda. Mira el cielo, que se incendia en colores sobre el techo bajo del club.
“Los que vienen de más lejos son los que más ganas tienen. No hay que decirle a un pibe que no sirve, hay que buscarle el lugar donde pueda crecer.”
Los pibes se van, las bicis se alejan por Libertad y el eco de sus voces se disuelve en la tarde.
La tierra, por un momento, queda quieta.
"Ojalá podamos encontrar un Monte con más clubes, más oportunidades, más chicos jugando. Yo sigo estudiando, sigo aprendiendo. Esto también me enseña a mí.”
Joaquín se queda solo, pensando en aquel chico que fue, en el que miraba desde afuera.
Y por un instante, siente que el tiempo se ha puesto de su lado.